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Barcelona | 06/04/2009 | RHM
El reconocido autor habla de su nuevo libro sobre el genocidio de Ruanda, los crímenes de Abu Ghraib y el periodismo.
«Cada vez soy más consciente de que no comprendemos nuestro mundo»
Por Álvaro Colomer
Philip Gourevitch es uno de los escritores norteamericanos más importantes en el terreno de la no ficción. En la actualidad dirige la mítica revista The Paris Review y ha escrito numerosos reportajes sobre conflictos bélicos en revistas tan prestigiosas como The New Yorker. Además de su novela Caso cerrado, enmarcada dentro del género «true crime», sus dos obras capitales son La balada de Abu Ghraib, sobre el trasfondo político en el famoso caso de las torturas norteamericanas a presos iraquíes, y Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias, sobre el genocidio llevado a cabo por los hutus contra los tutsis en aquella Ruanda de los 90s.
Ryszard Kapuscinski acuñó la expresión «Los cínicos no sirven para este oficio», que ya se ha convertido en un eslogan entre periodistas. Usted ha escrito sobre muchos temas, pero ha centrado sus libros de no ficción en la guerra o, mejor dicho, en el trasfondo de la guerra. ¿Cómo ha cambiado su percepción del mundo o de la profesión tras las investigaciones llevadas a cabo en La balada de Abu Ghraib y Queremos informarle de que mañana seremos asesinados con nuestras familias?
Kapuscinski nunca fue un periodista de investigación y tampoco pretendió serlo. Era un gran escritor y tenía razón cuando decía que incluso el más pesimista de los escritores debe de tener alguna esperanza en la especie humana. Yo soy un tipo bastante alegre y disfruto mucho estando rodeado de gente. No obstante, creo que la Historia Política de la Humanidad nos enseña que los seres humanos somos un peligro para nosotros mismos. Siendo sincero diré que no me gusta escribir sobre la guerra y por eso no lo hago muy a menudo. Lo que realmente me interesa es investigar cómo convive la gente tras un conflicto bélico, cómo se entrecruzan sus vidas privadas con los grandes cataclismos de la historia, cómo nos excusamos a nosotros mismos de los actos imperdonables que cometimos… Me interesan las voces y los discursos de las personas que no tienen relación con la política, así como la gran diferencia entre la insensibilidad legal que usamos para describir la historia de otros pueblos y la realidad compleja de sus vidas. En realidad, cuanto más escribo, más consciente soy de lo poco que entendemos nuestro propio mundo. Por otra parte, mi perspectiva sobre el periodismo no ha cambiado. Siempre he tenido claro que la mayoría de los periodistas se parece a la mayoría de seres humanos: cobardes, descuidados, imprecisos, convencionales, ciegos, faltos de imaginación, deshonestos, sin sentido del humor… Aun así, el periodismo puede ser una de las profesiones más honorables, amén de entretenidas, que puedan existir y muchos reporteros ponen la suficiente dedicación en el oficio como para desarrollar con gran acierto las distintas líneas de trabajo. Algunos de esos periodistas también son escritores de primera categoría y esto es lo que hace que el trabajo valga realmente la pena.
En el mundo hay muchos conflictos y muchas realidades que investigar. ¿Por qué centró sus libros en Ruanda y Abu Ghraib?
Me adentro en las historias que no entiendo: grandes acontecimientos de carácter público que definen nuestra imagen de nosotros mismos, que nos explican qué significa ser una persona en este periodo que nos ha tocado vivir. Y esas historias todavía me interesan más cuando permanecen ocultas o cuando no nos han sido explicadas satisfactoriamente. Por supuesto, hay otras realidades dignas de ser investigadas, pero decidí centrarme en Ruanda cuando, tras el genocidio de 1994, me hice tres preguntas: ¿qué ocurrió allí?, ¿cómo vivió la población aquella catástrofe? y ¿qué relación tiene con nosotros? Los crímenes de Ruanda están considerados «crímenes contra la humanidad» y yo quería saber qué significaba «la humanidad» en este contexto. También me interesaba descubrir cómo estaban conformando los ruandeses su propia historia y, también, por qué el mundo occidental, a pesar de su retórica que le hace asegurar que nunca permitirá otro genocidio, no hizo nada en Ruanda e incluso apoyó el genocidio en algunos aspectos. De todos modos, nunca he sido un intervencionista, entre otras cosas porque nunca he visto una intervención occidental que haya resuelto nada.
La historia de Abu Ghraib me interesó porque me pareció que era un punto de inflexión en la guerra norteamericana que, además, me permitía analizar un conflicto desde una perspectiva distinta al de Ruanda: en vez de sufrir las consecuencias de la inacción, sufrimos las de la acción. Quise comprender cómo los mismos mecanismos políticos que provocaron la matanza en Ruanda, creaban un método de tortura que sería ejecutado por soldados norteamericanos. Pero estas son ideas generadas a posteriori. Lo que realmente hizo que escribiera ese libro fueron las voces de las personas que conocí a lo largo de la investigación.
Su libro Queremos… es una demostración del esfuerzo programático de los hutus para matar a la minoría tutsi, de un modo similar a como los nazis eliminaron a los judíos durante la II Guerra Mundial. ¿Podría explicarnos las diferencias entre ambos conflictos?
Ante todo es imprescindible explicar que el holocausto judío no fue un conflicto bélico, del mismo modo que no lo fue el extermino de tutsis, simple y llanamente porque los judíos no estaban en guerra contra los nazis y los tutsis tampoco lo estaban contra los hutus. No había ningún conflicto, sino una matanza sistemática, institucionalizada por uno de los lados. Pero es cierto que en ambos casos se trataba de un programa organizado por el gobierno para eliminar de un modo sistemático toda una categoría humana, realizado con tanto éxito que implicó la muerte de una parte enorme de la población. Sin embargo, no me interesa tanto comparar estos acontecimientos como estudiar los casos específicos de cada momento histórico. En Ruanda, tanto víctimas como asesinos vivían en un país diminuto, se conocían mutuamente y, después del genocidio, tuvieron que convivir en un marco social que antes del genocidio era inimaginable. Y esto es lo que hace que Ruanda sea muy instructiva para nosotros.
Durante la Guerra de Sudán, el general Kitchener gritó a los periodistas: «Apartaos de mi camino, miserables borrachos». Su libro La balada de Abu Ghraib debe de haber enojado terriblemente a la cúpula militar. ¿Cree que los periodistas tienen actualmente más problemas para realizar su trabajo?
No creo que deba preocuparme por enojar a los estamentos políticos y militares. En esta democracia, ¿no se supone que ellos trabajan para mí? Los crímenes de Abu Ghraib fueron una estrategia política llevada a cabo por los militares y los líderes civiles de Washington, quienes pusieron a mi gran país en una situación terrible. Así pues, no me veo como alguien que se opone a la cúpula militar, sino como alguien que trata precisamente de defenderla frente a los ataques internos a su propia doctrina y honorabilidad. Los soldados que sirvieron en Abu Ghraib fueron convertidos en instrumentos de una gran injusticia y por tanto ellos pasaron a ser las cabezas de turco de unos crímenes orquestados por sus superiores. La respuesta más apasionada, poderosa y entusiasta que he tenido de los lectores de mis libros ha venido precisamente de los oficiales militares que reconocen que los crímenes cometidos contra nuestros prisioneros fueron cometidos también contra nosotros mismos. Además, no creo que los militares de hoy dificulten el trabajo de los periodistas más que en otros tiempos. Lo que sí convierte la profesión en un infierno es la actitud de los principales periódicos de mi país, como The New York Times y The Washington Post, los cuales rechazaron que aquellas torturas hubieran sido planeadas por nuestros políticos. Eso no es periodismo, no es imparcialidad; es una desgracia total para la profesión y una traición a los lectores.
Sólo hace falta pensar en nombres como George Orwell, Michael Herr, Ryszard Kapuscinski, Günter Wallraff o Seymor Hersch para entender que el periodismo que perdura es aquel que se escribe en los libros, sobre todo porque los reportajes de los periódicos, aun cuando estén muy bien escritos, siempre terminan en la papelera.
Esa lista de escritores es bien curiosa. Lo digo porque, por ejemplo, en realidad no conocemos el periodismo de Kapuscinski, sino las memorias que escribió posteriormente sobre la época en la que fue periodista. Lo mismo ocurre con Michael Herr, un gran cronista cuyo libro más famoso son memorias de su época de periodista, y con George Orwell, igual, un autor de memorias y ensayos antes que periodista. De todas formas, aunque yo no sea periodista a todas horas, defenderé hasta su muerte (la cual puede producirse pronto) el enorme valor de los reportajes de prensa diaria como una forma inconmensurable de periodismo. Además, creo que los reportajes que salen en prensa no deben acabar convertidos en libros, porque no compondrían un conjunto eficaz. Para que un libro de investigación sea realmente bueno es necesario aplicar una escritura nerviosa, así como una voz personal y una reflexión seria que no puede permitirse un periódico.
Durante sus años como periodista, usted quería escribir ficción. Incluso llegó a interrumpir durante tres años su carrera universitaria para ponerse con una novela. Pero al final se ha convertido en un maestro de la no ficción. En una entrevista dijo que la profesión de escritor no puede ser vista como «un camino coherente de continuidad». Su trayectoria, ¿es el reflejo del citado comentario?
Escribir, o ser escritor, no implica tener una «carrera coherente de continuidad» en el sentido que la puede tener un médico o un profesor. Tienes que hacer tu propio camino. Yo empecé escribiendo ficción y continúo escribiéndola en la actualidad. Pero en cierto momento me interesé por la no ficción porque me permitía un nivel de contacto directo con los hechos definitorios de mi época. Además, me pareció un método original e inmediato de hacer literatura. Soy consciente de que escribir no-ficción está considerado algo inferior a escribir ficción, pero no hay que olvidar que existe infinidad de malos escritores de novelas que, sin embargo, siguen amparados bajo la palabra «literatura». Me parece increíble que todavía no hayan concedido un Premio Nobel a un trabajo de no-ficción, aun cuando existan textos maravillosos, sobre todo del siglo pasado, a menudo escritos por autores galardonados por la Academia Sueca. En este sentido detecto una soberbia y un elitismo en el estamento literario que me hace pensar en aquellos antiguos fariseos que se negaban a llamar arte a la fotografía. Quiero que mis libros vivan y hablen con la misma profundidad que cualquiera de las novelas que he leído a lo largo de los años, con el factor añadido de que están creados a partir de la observación directa.
La biblioteca de los muertos
Glenn Cooper
Novela negra y de suspense
Grijalbo
2010
TAPA DURA CON SOBRECUBIERTA 21,90€
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La mano de Fátima
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Novela histórica
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2009
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La casa de los amores imposibles
Cristina López Barrio
Novela
Plaza & Janés
2010
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Superfreakonomics
Steven D. Levitt / Stephen J. Dubner
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